¿Que hacer en la infinita contemplación monótona de un día?
¿Qué hacer? me pregunté
¿Amasar toda la fortuna del mundo por un beso?
¿Construir un imperio por una simple caricia?
¿hundir el continuo rostro en la siempre fresca ciénaga?
El tiempo avanza tan lento dije al medio día
En la noche álgida se detuvo este en mi boca
Y al clarear el día pergeñó el acto de un escapista
Y así estoy
Camino un paso tras el otro
Miro una vez más el mismo hoyuelo
Busco la misma la caída,
siempre,
el mismo camino borrado.
Almácigos de tiempo
Aquí
Y les digo señores,
lo haremos a la antigua usanza
Caminaremos hasta alcanzar nuestro destino
No esperaremos que desaparezca la interminable lluvia
Dormiremos a cielo descubierto
y despertaremos envueltos de muerte o de magia.
No señores, esta no será una guerra
prenderemos inciensos y sirenas de fiesta
beberemos todos del mismo vaso,
y comeremos todos la misma cena
Será como cuando niños.
Aquí no existirán frustaciones
ni tampoco el trabajo
y bajo esta lluvia nos besaremos todos
nos amaremos como única forma de sobrevivencia
y ya no habrán culpas, no habrán penas.
Reflexión
Uno muy pocas veces piensa en la muerte, aun cuando la muerte más que estar ahí, nos habita. Así, es como el asombro nos envuelve cada vez que esta decide golpear alguna puerta cercana. Hace un par de días atrás, disfrutaba de una hermosa y fría mañana de shopping cuneta en el mejor lugar para pasar un trozo de uno de estos horribles domingos santiaguinos, el persa bio-bio, paseo que formalizamos el día anterior en una conversación teléfonica con un gran amigo de la infancia. Ya una vez en el persa, después de hacer desbordar quince mil pesos para poder traerme el mejor objeto que podría haber pensado traerme en aquel día (o quizás en el año), un marco para lo que próximamente será mi nuevo comedor, una llamada de mi padre interrumpe un pasillo, suspende la informalidad del comercio a eso de las 15 hrs. Mi padre me llamaba, puesto que mi hermano, junto a él en ese minuto, quería contarme algo, tenía para mí una “noticia” (siempre tiemblo cuando se escribe la palabra noticia entre comillas, algo así como: “Mufasa uhhhhh, Mufasa uhhhh”; también recuerdo que de pequeño siempre sentía un profundo escalofrío cuando en la televisión de golpe aparecía un segmento que interrumpía las transmisiones regulares para dar pase a un Extra). Lo que sucedía era lo siguiente: un conocido de ambos, conocido de años; me refiero a aquellas personas que por circunstancias de las vida las conoces desde hace muchos años, sabes que entrambos hay empatía, pero que por perseguir conejos a hacia sus cuevas, nunca se logra el estrechamiento de la relación, a esas personas que uno no olvida, y por ello las saluda afablemente cada vez que se las encuentra incluso muchas veces esboza una conversación basada nétamente en el intercambio de preguntas tontas e inservibles. Retomando, mi hermano quería contarme sobre la trágica muerte de esta persona. La historia sin duda me sorprendió, cosa rara tratándose de alguien como yo, que trabaja de cantante de funerales; es cierto sí, que a pesar de cualquier cosa que uno haga, o de cualquier lugar dónde uno se esconda, nunca se está lo suficientemente preparado para la muerte. Aquel “amigo” tenía mi edad, hecho que exacerbó mi sentimiento de angustia. Qué pasaría si él hubiese sido yo, fue una de las primeras preguntas que me formulé. Tras un segundo en estas cavilaciones me imaginé solo dentro de un ataúd, como si hubiese sufrido un desdoblamiento, me imaginé solo, sin más. Pensé en cuántos funerales solitarios había asistido en mi oficio, y caí en la cuenta de que eran muchos. Qué tan malo habían hechos esas personas para que nadie siquiera las recordara en el día de su muerte; pensé luego en el cariño, en la gente que a uno lo quiere, en los valores de la vida, en las cosas que valen la pena, en qué es lo que uno debe perseguir. Como era de esperarse, no llegué a ninguna conclusión, sólo entendí que no quiero morir solo, y que tampoco quiero que a show de mi muerte asistan un millón de personas por compromiso o morbo, y muy pocas por realemente por el recuerdo imborrable que, pienso, me gustaría dejar como una estela, o como un suave olor instalado en sus vidas. Guillermo, Willy cómo lo conocíamos con mi hermano, al parecer, fue una persona querida, hecho que corroboro con lo que hoy me contó mi hermano tras ir a su funeral. Mucha gente asistió, y mucha gente lo sufrió de igual forma, lo cual me hace sospechar algo. Cuando se tienen veinticinco años, no muchas cosas se han hecho, a veces pareciera que sí, a pesar de que, y es claro, las experiencias dependen de cada persona. Pero el asunto es que a esa edad, aun no se ha explotado todo lo que uno es, aun quedan sonrisas por regalar, quedan aun llantos, abrazos, hambres, amores, pero a pesar de ello, Willy movió masas hacia su sepelio a pesar de ser quizás, el día más gélido de lo que va del año.
Mi madre dice que las cosas pasan por algo, y la Biblia carcome sensibilidades al afirmar que: “todas las cosas nos ayudan a bien”. Yo no sé si todas las cosas ayudan a bien; le creo más a mi madre, las cosas pasan por algo, es obvio, todo está conectado ya sea para bien o para mal (me ariesgo aquí al usar este concepto, Sócrates quizás me regañaría). Pero las cosas sólo pasan, y hay que aprender a vivir con eso. Nadie sabe por qué Willy debía morir, sólo sabemos que quedará en la memoria de mucha gente, y que es muy probable que su olor se esparza como un leve perfume o se escuche su memoria como el canto del viento entre los árboles de una montaña.
A la memoria de Guillermo Zapata Acuña, el Willy.
http://cronica.cl/diariocronica/pagina.php?pagina=03&fecha=20090608
Paso
Desliza una palabra,
la saciedad se adentra espesa
y el ojo henchido
Desliza el verso
Del reojo dudoso y estirado.
Un tacto fascinado
Sudoroso y en paz.
Se compone el ente
La vívida se estimula a sí misma
Y el resoplo intercambiado…
Y la vista fija…
el techo en los ojos
Dezliza la palabra
Te invito… persigue el verso
Si el calor abunda el cuerpo
Deliza el verso
Al repiqueteo de campanas…
Despierta al verso
Persigue la palabra,
habitación sorda
de pensamientos
Tan fugaces
Aquella tarde me dio un beso inesperado bajo ese montón de cúmulos rosáceos, y se quedó pegada a mí. Sacó levemente su lengua, y me lamió delicadamente la mejilla. -Estás exquisitamente salado -me dijo. La tarde y el mar tenían una candidez extrema. El cielo se presentaba ante nosotros partido, como si aquel espacio atestado de nubes, repeliera con horror al cielo que lo miraba desde arriba, despejado y amarillento. Todo este escenario me retrotrajo a mi latitud original. Me imaginé adolescente y enamorado junto al mar. Al parecer derramé un par de lágrimas o puede que sólo lo haya inventado. Eso, ya no lo recuerdo.
Esa noche volvimos tarde al hostal. Hicimos el amor melancólicamente. Yo sabía que Martina percibía perfectamente mi pena. Ella, por su parte, fingía indiferencia. Cerraba sus delicados ojos café, cuando su rostro contiguo, sentía la inhóspita cercanía del mío.
Al despertar la mañana siguiente, besé su nariz y la cogí entre mis brazos. Nos quedamos abrazados o más bien anudados el uno contra el otro. Y así nos mantuvimos, quietos e impertérritos por largo rato. Luego, me volví a dormir. Creo que la culpa, esta vez, fue de la tibieza.
Desperté pronto y absolutamente acalorado. Miré a aquella mujer a mi lado, desnuda, casi feliz y somnolienta. Una figura seguramente enternecedora. Me recordó la primera vez que convencí a una mujer para que pasásemos unos días en la playa. En ese tiempo era yo más bien niño; dieciocho o diecinueve años. La casa era húmeda como un trapo de cocina y helada como sólo es posible en la soledad de un invierno playero[1][2][3] . Maravillosamente ese lugar, por el espacio de una semana, se convertiría en la excusa perfecta para que ambos nos dejásemos engañar, pensando que en el follar como locos, se encontraría escondida alguna forma de trascendencia. Al menos, eso creía yo.
Antes de que siquiera llegásemos al lugar en que añoraba se cumpliesen algunos de mis sueños adolescentes y eróticos [que tal vez sean lo mismo] me sentía simplemente inmortal como se sienten los jóvenes a esa edad. Mi rostro el día de la partida, brillaba esplendoroso detrás de mi boba sonrisa. Los días avanzaban sin poder evitar que comenzara en mí una desesperación que ya hacia el fin de la semana se volvió insostenible. Entre aquella mujer y yo, hasta ese día, no habían habido más que horrorosos abrazos de amigos. Quizá hubo un par de besos tan fugaces como un par de miradas coquetas.
Martina solía caminar minutos eternos por la playa tras desayunar. Decía sentir que caminar era como escribir un cuento. Un cuento sin protagonista ni antagonista; sin trama, sin nudos y sin un fin moralizador. En definitiva, un cuento basado en el horizonte y el silencio cinematográfico; para algunos, un cuento sobre la nada. Una vez dijo que le gustaba llevarme a la playa porque le recordaba al protagonista de su novela favorita. Después de leer aquella novela comprendí el por qué de tanta paciencia. Yo pensaba constantemente en la posibilidad de que Martina me viera como a un paciente, más que como a su novio, pero sinceramente importaba menos que mi terror a la belleza. Finalmente, el asunto es que yo estaba allí con ella, y ella, según me declaró una vez, cuidaría de mí hasta que nuestras arrugas se aburrieran de pasar tanto tiempo en nuestras caras. Yo a veces también la acompañaba en sus caminatas. Mas conmigo el cuento dejaba de ser aquel cuento, y como ella tenía completa conciencia de aquello, rompía el silencio de olas y me hacía preguntas. La peor y más recurrente era si la amaba. Muchas veces yo callaba, otras la miraba y decía –Sí, te quiero mucho- mientras ella bajaba la cabeza. Luego, continuábamos caminando y el silencio se reconstituía.
Al volver Martina de su caminata, a eso del medio día, nos miramos ella y yo con cara de almuerzo, y sonreímos. Es bello sonreírle a Martina, aun cuando en mi caso, la mayor parte del tiempo sea un trabajo difícil, incluso para un sindicato de payasos. Nos pusimos a cocinar albacora encebollada. Fue un momento mágico. Yo cortaba la cebolla y lloraba como un niño. Martina sabía que mi llanto no era de cebollas, pero que para mí era la excusa perfecta para llorar frente a ella. Martina, que he llegado a pensar posee corpúsculos de felicidad, en un instante de cometas y soles me tomó de la cintura. Martina es pecosa, y bajita. Apoyó su frente entre mis omóplatos y me apretó con la fuerza de quien levanta a un muro caído tratando de rescatar a su hijo pequeño bajo él. Yo me quedé inmovilizado, impactado por la fuerza y quizás hasta con cara de tonto. Luego se estiró, y me dio un beso suave en la oreja. -Nunca me pareciste más sexy- me dijo. Yo intenté darme vueltas para abrazarla, pero sus fuertes brazos se esforzaban tozudos por vencerme. Se acercó nuevamente a mi oído y me dio un discurso tierno, tan tierno como un arrullo de madre. Me prometía que a partir de aquel día todo cambiaría, que lograría ser un hombre nuevo (un yo nuevo que no es más que el yo antiguo). Y me liberó de la opresión de su abrazo. Volteé lentamente, intentando sentir su figura dibujándose en mi espalda. Quedamos de frente y muy cerca. Ella, que tenía la vista hacia el suelo, alzó sus ojos y los situó frente a los míos. Yo planté mis cansados ojos sobre los suyos, y lo hice de una manera profundamente chilena . Entonces nos miramos. Ella, por su parte, me miró y luego se sonrió de una forma altamente encebollada.
Un algo que juzgar
What a drag it is getting old!
Intento de no vagar hasta la Parusía
Que en ocasiones siento
Que el tiempo se está acabando
Que el mundo es un muro alto, grueso, anquilosante
Tendido en la esperanza injusta de la aurora.
Que el tiempo ya se ha acabado
Que el humo hace más fuerte al sol
Y la hiedra creció tanto que de golpe acalló mi boca.
y sus arenas susurran quedas,
que Cronos es un payaso que ríe pintado y completamente desnudo
que Mnemósine es una perra que jamás ayudó a alguien a recordar
El cantar del perfume del amado tras volver a casa.
Y es mi sentir profundo
Que soy como mi abuelo sentado tardes enteras en el umbral
Que soy el que mira siempre desde el alfeizar
Acumulando luctuoso el avance en mis ojeras
…………… T a n t o …………………….
que la roca se vuelve el guiño perfecto
al dejar al efluvio cojer tus pies
Al dejar tu cuerpo ser aplastado por un Hércules
circunflejo hacia la desventura de los años.
Valparaíso 12/04/08
El aire frío de una noche en Valparaíso se inmiscuyó en la sensibilidad de 4 amigos, quienes inermes desembocaron en la creación de un poema a 4 voces como respuesta a la liberación de ciertas anomalías mentales producidas por el extraño y en ocasiones duro devenir de la vida. En esencia, un mal poema, para un bello momento. Pequeñas palabras para una trascedencia. Palabras que quizás, queden como epitafios de los muertos que hace mucho tiempo no debieron ser más que muertos, y otros muertos que no debieran ser menos que santos.
A modo de epígrafe un texto que desató parte de la liberación, representada esta en el acto supremo de la quema de un par de papeles con más poder que la propia razón. Extraído de Factotum, un excelente filme basado en la vida de Charles Bukowski:
el odio. El rencor…
Es increíble como la gente pierde el tiempo en estas cosas,
No estoy hablando de segundos,
Minutos, horas, semanas, meses, o años,
Yo hablo de décadas, de vidas enteras desperdiciadas en ello,…
Tentación de ser sanado
(o poema a cuatro manos)
Acabo de quemar una mujer
Letal, agraz, desnuda.
Esta es mi enfermedad:
Andar guardando
Papeles en los bolsillos olvidados,
Facturas, boletas, boletos,
Cartitas de amor que tú me escribiste.
PD: Alonso, perdona no haberlo publicado antes, la maldita academia me está secando el seso. Sé que prometí que lo publicaríamos juntos.
PD2: Revise también este texto en: http://solona.blogspot.com